miércoles, 1 de junio de 2011

El ayuntamiento, la policía y el Obradoiro, la Plaza más Bonita del Mundo


El lunes aparecieron estas vallas delante del ayuntamiento. Después del primer día de lluvia fuerte cuando tuvimos que hacer las coas en los arcos de la casa consistorial. A quienes parecíamos acampados nos estaba prohibido el paso. Por su parte no sé qué pretenden, si se trata de tortura psicológica... deja bastante que desear. Si es una muestra de pluma de cola de pavo real, cacareo, pues tres cuartos de lo mismo. Ahora, evidencia la poca coherencia de cada una de sus acciones (recordemos que sí, quien colocó las vallas sería un policía, pero quien las puso, fue un hombre de traje y corbata, seguramente).

La actitud de la policía es defender el bastión, pero a desgana y reconociendo lo absurdo del asunto. Incluso ahora, como se apoyan ahí, están más cerca y hablamos más con ellos y escuchan atentamente. El de la local se muere de ganas por saltar al otro lado, se le nota; y el nacional, aunque nos cuesta más, acaba entrando por la tira y de acuerdo con nosotros.

Nosotros!! más que nosotros... el pueblo. No lo representamos, ni pretendemos. Pero es inevitable que este acto genere una opinión en nuestras cabezas. Así, dos aspectos observamos. El primero, que es una estupidez aislar el ayuntamiento de sus ciudadanos, ya que se supone que es donde estamos representados. Pero solo es una chiquillada suya, cafradas. Y así en el vídeo os mostramos cómo nos lo tomamos... a lo mejor pensaban que íbamos a tirarlas o cargar a palos contra ellas como energúmenos.

El segundo aspecto es que un poco sí que nos molesta. Lo que más nos molesta... es la lluvia.


martes, 19 de octubre de 2010


TU TURNO:

Loco es quien haya estado en la playa sin pararse a buscar tesoros. Los tesoros son las cosas bonitas que se encuentran. Es preferible que no tengan dueño, y si lo tienen no debe ser un conocido; ya no serían tesoros sino parte de la familia. Aunque en caso de existir un dueño desconocido, puede llegar a ser un problema.

Da igual el valor de un tesoro, por definición es infinito en todos ellos. Evaluarlo sería mancharlo y hundirlo en el pozo negro de la economía, monstruo loco devorador que no conoce la belleza más que como aperitivo para el plato fuerte, la vida de los hombres. El simple hecho de encontrar un tesoro nos ilumina la cara con una alegría tal, que entendemos por qué algo así necesitaba una palabra tan bonita para ser nombrada.

Para encontrar un tesoro solo hay que echar a andar, seguir las aspiraciones, dejarse guiar por ellas. Los tesoros en la playa pueden ser muchas cosas, desde conchas y ojos vidales, cucos y esqueletos hasta boyas, redes, nasas y trozos de cosas que el hombre ha metido en el mar. Y no hay playa sin tesoros; solo para los locos que no quieren hacerles caso, los que no quieren agacharse a recogerlos, a bañarlos en el mar y admirarlos, imaginar y descubrir o no para qué servían antes de ser tesoros. Quitar el tapón o romper la botella y desenrollar el papel que contiene el mensaje.

Y lo son, de remate. Y sus vidas son tristes y fracasadas. Son guapos y son feos, ricos y pobres, listos o no tanto, jóvenes o viejos, pueden ser cualquiera. ¿Tienen cura? Claro que sí; muy difícil pero posible, en eso debemos creer los cuerdos. Esa gente, la gente que se ha rendido, la gente que resopla de furia porque es lo único que les queda, la gente que suspira de cansancio porque es todo lo que tienen, son los que han perdido el norte, las pasiones. Han olvidado los empecinamientos insistentes y hambrientos, ansiosos por conocer, por ir más allá, por descubrir que da igual cuánto se sepa, que lo mejor es encontrar el tesoro, el disfrutarlo y sonreírle y hablarle.

Aunque no lo sepamos o no nos parezca importante, la aspiración última es descubrir que todas las anteriores solo estuvieron ahí para encontrar tesoros, y solo de pasada. Darse cuenta al final de todo, de que lo que permanece con nosotros es el momento de encontrar cada uno de nuestros tesoros, el recorrido, lo bonito. Ser conscientes de que todo eso solo ocurrió porque teníamos aspiraciones, y fuimos a buscar las que no teníamos, y las seguimos hasta percatarnos de lo hermoso que ha resultado a toro pasado. Qué dulce, qué salado, qué luminoso y grácil. No importan ni la derrota ni los malos tragos, las líneas liadas o las vacas flacas; ni el moco de pavo.

Porque estamos cuerdos, hemos encontrado infinitos tesoros. Las sonrisas son un tesoro, las gracias, los buenos días, lo espléndido, la no contraprestación directa, los besos las caricias y algunos mordiscos, y los dientes que nos han mordido y sus bocas; los días, los que recién ha llovido, en los que lo vuelve a hacer, en los que han nacido niños, en los que no teníamos qué perder.

Bañarse en la playa es un tesoro, y bañarse desnudo, y secarse y encontrar tesoros. Un tesoro es saber que te quieren, y sentirse querido, y querer, y que sepan que los quieres. La familia, la soledad y la libertad; la cordura.

Tú lo eres.

La vida es un tesoro, y vivir es encontrarlo al fin; aunque no queramos, siempre que busquemos. Mantendremos la cordura, porque también es un tesoro inspirar a los derrotados.

Lo que nunca le faltará a ningún cuerdo, es algún loco que le escriba una carta y la meta en una botella. Atención al mar.

SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.

martes, 24 de agosto de 2010

ERES

De las sorpresas, la que más nos ha sorprendido; de las coincidencias, la que más hicimos coincidir, de las apetencias la más apetecida; de las satisfacciones la más satisfecha, la más loca de las bicocas. De las noches las más tardías madrugadas y de las mañanas, la más madrugadora.

De las retiradas la más cálida y la menos comprensible, el deber más ficticio y la ficción más indebida. La más indecisa de las negociaciones y de las indecisiones la más negociada; de los desnudos el más playero; de los sudores, el menos sudado. De los disparos el más acertado.

Sonrisa a la belleza, aún a lo que no es bello y no lo eres más que cuando lo haces. Perdón sin enfado, disculpa sin ofensa, cara sin cruz y distancia sin separación. El más largo de los viajes, que ha sido en bicicleta; la carcajada perpetua tractor de fantasmas musicales y visiones dantescas, inemergible, indesenterrable, insidiosa, insurrecta.

El pez que vivió en su burbuja, el caracol que definió su sexo, el río que subió del mar que más mareados dejó a los marineros y, a los salmones, más marinados.

Polvo de sótano, prenda de armario, mecha sin fin, ruina de casa, gloria del pasado de la luz de la cueva. Carrete sin caña y foto quemada, pólvora mojada. De tantos poderes el que más pudo ser, de tantos entenderes el que mejor se dio a entender entre tanta sordera, entre tanta cojera, entre tanto duro de pierna y tuerto de oído, largo de antena; torpedos fuera.

El celo ajeno, lección aprendida por la liebre que anduvo de paseo, sobrándole contoneo. El fogueo culatero que ni levantó la perdiz ni sentó la cabeza, que le siguió la corriente a quien no quiso dejarse llevar por ella. La alegría de la huerta.

Así eres, has sido, te he visto y te escribo. Que no venga a menos y que no se quede donde está, que la pecera solo lo es porque la limita el cristal. Pero eso no es problema, no hay altura sin escalera ni rayo sin tempestad. Navega, que yo te miro desde el otro lado del horizonte.


SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ.


martes, 27 de julio de 2010

VIUDAS DE LA DUDA:

El amor se ha ido, la pasión desaparecido y esa chispa que nos unía quizás desvanecido. La exclusividad echada a perder, la virtud ultrajada y la picardía, antes cómplice carcajada hoy es cínica sarna. Esos kilómetros no son nada; ni nos separan, pero no la quieres la vida esforzada; y luego venir con esas, con duelos y chorradas. Nunca te diré pero has de saber que me siento ultrajada, cortejada por la espalda y apuñalada a la cara. Furioso bocajarro, feroz indiscreción, atroz devenir de flirteos dramáticos.

Ni siquiera la quieres, si quisieras la amabas y si la amases no dibujarías mis sonrisas en tu cara.

El mismo papa te vende las bulas ¡y vaya unas! Que te protegen de la responsabilidad con habilidad para escoger la coartada cierta, y en la manga descubierta siempre la excusa preparada.

Ya lo sabes, te lo di todo. Incluso lo que no supiste pedir, por lo que no preguntaste. Y ahora este robo dejándome aquí, imaginándome tu silenciosa huida hacia un árbol cuya sombra más se arrima, druida de otra copa, muérdago que con la misma delicadeza y hoz cortas, mago de otra sal, asesino de otro mirar, curandero que cocinas infusión del mismo costal.

Atravesando corredores llegas por la puerta grande amablemente invasivo como sólo tú sabes pero después, ladino, tanto como el mal trago del temporal capeado, del farol que deslumbra el tapete, sigues adelante abriendo la mano para soltar aquella que guiabas y conducías a través de las tierras quemadas. Continúas, desvergonzado, desapareces por praderas cultivadas de maíz y corazones a flor de piel, sentimientos talados de raíz, deseosos de barniz y olvidados por el hachís.

Y a tu paso quedas vacío de etílica alegría. Que no vuelva a crecer la hierba, que no vean mis ojos la caída de tu busto, la agonía de los rostros que besarás con tiento refractario e imaginario para después enterrar en polvoriento anticuario, almacén de tus pórticos abiertos, taller de tus amargos recuerdos y tumba de mi más esforzado empeño.

Soy consciente y sé que el mayor daño lo hace mi incapacidad para olvidar tu calor, que ni nace ni pace, el tesón abrumador que me enamoró, que junta mares y denota una diferencia oprimida bajo una desorientación que te colma de impaciencia.

Soñaré la envidia del portón al que eches llave; pero hasta aquella, recordaré que no eres malvado, y mi receta es que tengas buena estrella en el afilado de tu arado pues sólo me comprenderás cuando tu campo esté labrado y sembrado.

Ese día, harto del devenir entre la libertad y la soledad, la empatía inundará los amores arrastrados.

Y entonces comprenderás, y serás alguien que sí valga la pena amar.






SANTIAGO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ 21/12/2009

lunes, 24 de noviembre de 2008

¡¡NO LO HAGAS!!

Eran casi las cuatro, de madrugada. La noche abierta de piernas sobre las luces de la ciudad. Una ciudad que carece de encanto, pero aquí estamos. Cómo me gustaría hablar de lo desgraciado que soy, de lo triste de ese día en el que tiré por la borda a una sirena de cantos mudos creyendo que así terminaría mi odisea.
Yo la miraba. Sus medias tenían una carrera, su abrigo estaba manchado y sus labios demasiado repintados. Olía a alcohol barato y sus pasos serpenteaban por las aceras de camino a mi casa, si se le puede llamar así. No me gustaba el panorama, pero había que hacerlo, había que afrontar las responsabilidades y zanjar las cuentas pendientes. Aparte de eso, en el fondo nos apreciamos y ese día solo fue una toma de conciencia, un bajar del olimpo a tierras mortales y verdaderas.
Donde las aceras que a ella le resultaban tortuosas se cruzan con los rectilíneos y metálicos senderos del ferrocarril, te encontramos a ti. Eras joven, y rubia, y guapa. La maratón de tus medias, tu abrigo destartalado y tus labios emborronados no decían nada bueno. Seguramente todos los olores, por rancios que fuesen, habían huido de tu compañía. No te quedaba nada. Te contorsionabas entre cantos amargos de agonía y desesperación. Sola, sentada a los pies del muro, en tu propio gueto, sollozabas, te morías.
Observamos cómo las escasas almas que arrastraban sus zapatos por tan siniestros parajes seguían de largo, ni se inmutaban. Tenías problemas, pero yo tenía los míos y ahí te quedaste, a mi pesar. Cada cual que atienda a su oficio. Entramos en el portal.
Debatimos, y tú también te debatías. Retrocedimos, nos acercamos, observamos y te ofrecimos cuanto estuviese en nuestra mano. Dijiste no necesitar nada, solamente soledad, que nos fuésemos, que vivías cerca, no había problema. Y una mierda.
Confiamos en los cuerpos del estado, llamamos a las autoridades competentes y dejaron en claro que no lo eran. Desde el balcón, allá abajo te levantaste al poco rato. Estabas demacrada. Reptaste como pudiste y te adentraste en el que sería tu tártaro, el portal de enfrente. Con esto la voz de la supuesta justicia y el orden público consideró el mal trago zanjado, y cortó la llamada. Ignorante.
Diste en medio de la escalinata con uno que se creía dios, un dios repugnante. No le rezaste; en todo caso a su madre, a la inocente madre que trajo tamaña bestia a este mundo. Rezaste con las palabras más atronadoras y los chillidos más desgarradores que haya oído jamás. Lo sé porque lo oí. Lo oí, lo oyó ella y lo oyeron unas cuantas almas, y sus zapatos que pasaban por allí, y otras tantas a las que indudablemente arrebataste de brazos de Morfeo. Pero nadie hizo nada, y yo también tenía mis problemas.
Acababas de firmar tu sentencia, acababas de condenarte, acababas de suicidarte. ¿Qué suicidio más inútil que ese? ¿Qué camino hacia la muerte más estúpido que el tuyo? No mereces nada, no lo mereces. No vales nada, no lo vales. ¿Por eso lo hiciste? ¿Por eso dejaste que ocurriese? Desconozco tus aspiraciones… pero lo que he visto no lo acepto, y no puedo comprenderlo. Puedes seguir gritando, puedo encontrarte mañana en la misma situación, en el mismo sitio, con las mismas medias, el mismo abrigo y el mismo dolor. Volveré a intentar ayudarte, pero no volveré a fiarme de ti, no volveré a dejar que lo repitas. Te devolveré tu olor. ¡No lo hagas! ¡No te suicides!
Desde el séptimo cielo, lo vimos todo. Se nos cayó el alma a los pies, pero teníamos nuestros problemas; los tuyos, ya los resolvería el periódico al día siguiente. Desde esa noche no follamos… ¿y tú?
¿Que fue de ti?

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL CABARET, PARTE 2:


¿Que yo cómo lo conozco? ¿Que cómo dí con él? ¿Que si es tan misterioso cómo se permite que un simple mequetrefe como yo haya entrado en un sitio tan reservado? Amigo mío, tú acabas de llegar, ¿a que si?
Aquí las reglas las pone cada uno; esto es solamente un templo, a quien rece cada cual no es asunto de nadie. Cada persona que ahora mismo nos rodea ve lo que tú ves; desde un lugar diferente. Tú no sabes que esos mal rimados versos que has invitado a la camarera a escuchar no la han deleitado como tú piensas, ni mucho menos. Se ha cabreado y en ese vino que ahora apuras entre guiño y guiño creyendo que yo soy incapaz de observar la mitad derecha de tu cara, hay escondido un señor gargajo, diría incluso que sanguinolento, proveniente cuanto menos de lo más profundo de la faringe de aquel señor barbudo cuya mirada insistente te pone nervioso al no saber el porqué de sus observaciones.
Se nota que eres nuevo, necesitas tiempo. Es difícil acostumbrarse a este lugar, pero si de verdad eres quien pienso que eres, no te rescaté del callejón para nada y te acostumbrarás pronto y encontrarás aquí la historia perfecta que podrás publicar, y a la gente aquí le agradará tu conversación porque serás quien inmortalice su memoria, y los que no quieran contarte la suya le encargarán a alguien que lo haga por ellos, y quien cuente la historia de otra persona se las apañará para meter la suya por el medio y tú serás muy sabio, sabrás más incluso que yo y más que cualquiera de esos que ahora mismo nos rodean y si lo haces bien, algún día ella te dirigirá la palabra, y si sigues haciéndolo bien, un día irás a un sitio que nunca nadie ha ido, con otra ella; la otra Ella. Aún no la conoces y nadie te dirá quien es, porque poca gente lo sabe, y quien lo sabe no lo comparte, y quien lo comparte lo desconoce. Aquí no se imparte más doctrina que la de disculparte o exculparte. Tú, parte tu propio bacalao y reparte estopa a quien quiera inculparte, pues necios los hay en todas partes, aunque aquí les da tiempo de contar bien pocas mentiras. Aparte de eso, no es un sitio para ignorantes.
Cada uno marca las reglas para con cada uno. Procura que las tuyas sean honradas, y la línea infinita, infinitamente recta y ascendente, que aunque se haga cuesta arriba, en la cima verás toda la llanura, o el valle, o incluso si eres afortunado, podrás ver el mar. ¡Quién viera el mar…!
Sí, el mar. No esa mancha de grasa de ballena y carbonilla donde el canibalismo se apodera de las gaviotas y ellas inocentes se vuelven tan peligrosas como el más fiero depredador de todas las edades y eones que se puedan imaginar. El mar es algo que atrae a la gente, una atracción especialmente expandida entre quienes paran por aquí. Gente variopinta e irrepetible. Es muy agradable cuando te acostumbras.
Por cierto, yo me tengo que ir, va a empezar el espectáculo. Deja, que ese vaso lo pago yo; a ver si se te borra pronto esa mueca de asco que parece que bebieras vinagre. Pide otro, pero esta vez inténtalo con un soneto, que si lo haces bien el esgarro será suyo y tú más afortunado aún. Ya me contarás cómo te va y nada de desmoralizarse. Nos vemos.
Sí, sí, y no te metas en líos que ya suficiente suerte tienes que te han abierto la puerta. No, no me interesa aún. Observa a tu alrededor. Cautela.
Y sí, no te tortures más, le has gustado. Pero ella no es lo principal. Prioridades amigo, prioridades.

lunes, 3 de noviembre de 2008

ASTUCIA E INDECISIÓN

Y ESE DÍA, LA INDECISIÓN VENCIÓ A LA ASTUCIA.
La astucia. Es la principal característica que realza a las personas y las hace respetables, dignas. No hay que poner el listón en lo perfilado de una nariz, lo azul de unos ojos, lo peinado de un cabello, lo musculoso de un brazo, la uniformidad o el brillo de una dentadura, el volumen de unos senos, la longitud de unas piernas, lo estilizado de una silueta, la pronunciación de una curva, la dulzura de una voz, la ausencia de vello, el contoneo de un esqueleto o la suavidad del epitelio. Tampoco, ni mucho menos, situarlo en el grosor de una cartera, la diversidad de posesiones inmuebles, lo desbordante de una nómina, lo afortunado de una herencia, la profundidad del agujero que guarda el cofre, la veintena de minutos, el número de tarjetas y lo limpias que estén, los quilates de las ornamentaciones, lo persa de un perfume, lo jurásico de unos zapatos, lo úrico de una mariscada, las docenas de un güisqui, la altura de una chistera o la cuerda de un peluco.
La astucia, el saberse comportar y actuar en las más espontáneas y variopintas situaciones. Es la gran virtud: adelantarse navegando a través de la virtualidad de la mente (que no necesariamente el virtuosismo) hacia un futuro próximo y lo menos hipotético posible, véase, lo más cercano a lo que después ocurrirá. Todo para actuar convenientemente, o correctamente, o sencillamente salir del mal trago tan airoso como el portero que ve un rebote en el larguero.
Lo malo de conocer una virtud es que tendemos de forma inconsciente a creernos poseedores de ella. Así me creí yo cierto día en cierta estación de buses, cierta noche después de un ciertamente cansino viaje, al encontrarme con un hombre, por qué no, peculiar; y cierto, también un tanto curioso. Mi mente empezó a actuar pero se le escapó de las manos la predicción y tuvo que ordenar salir por patas. Miedo a lo hipotético.
Al bajar del coche de línea, como dicen los viejos, una sensación fisiológica en el bajo vientre hizo que buscase con ansia el meódromo más cercano, y di con él. En la sala había un hombre, que no tardé en descubrir que iba a ser el segundo y celebérrimo protagonista de esta amalgámica situación.
Describirlo resultaría muy fácil, por lo menos la impresión que podría extraer de él a primera vista: un hombre de unos cuarenta y pico años, o por lo menos demacrado hasta esa edad, envuelto en pantalones y chupa vaquera, camisa arrugada y no porque se la vendiesen así, algo puesto de zapatos y unas gafas que lo salvaban de ser un yonqui en toda regla, haciendo ver que en el fondo tiene o ha tenido una vida en un principio favorable, pero que se fue de las manos o que no ha cuajado lo que se pretendía. Delgadez extrema, un ligero encorvamiento del conjunto vertebral, una cara pequeña de mandíbula saliente, dientes sucios, sonrisa torcida, nariz larga y tortuosa; eso sí, bien afeitada, bien por la casualidad o bien porque sus días son contrapuestos a sus noches.
Con su pelo corto, pero despeinado, detrás de unas entradas paulatinamente adversas, rondaba el espacioso, cargado y maloliente habitáculo que eran los pegajosamente azulejados baños de aquella estación de buses, como dicen los jóvenes. Así surgió el señor Lewis (vamos a llamarlo así), de uno de los cagaderos, justo en el momento en que yo esquivaba gaceleando con dificultad entre las lagunas de Ruidera, uno de tantos socavones orinados.
Después de cruzar su mirada con la mía, entró y salió, entró y salió, entró y salió, entró y salió de todos y cada uno de los cubículos dedicados a las cosas serias que se hacen en cualquier baño público.
Presentimiento: va a pasar algo. Acertado.
Se acerca a mí, inseguro como un perro callejero de dientes sucios y babeante que intenta cazar el ganso del parque, sabiendo que está bien jodido, que no lo puede conseguir, pero el hambre lo obliga a acercarse.
-¿Perdona, tienes papel?
Presentimiento: Ah, bueno, solo quiere hacerse un porro. Veremos que erróneo.
- Sí, claro, si esperas, que ahora me pillas ocupado.
De repente y misteriosamente, le entran las ganas de mear, y se sitúa en el recipiente contiguo al mío para llevar a cabo la ejecución de una desperdiciada lluvia dorada, al tiempo que se salta a la torera esa regla no escrita de dejar por lo menos un meadero entre el desconocido y tu persona, siempre que sea posible. Agresión.
Agresión que me hizo comprender por fin eso que se conoce como espacio vital; pero mayor y más violenta agresión todavía, fue violarlo totalmente encorvando aún más su escuálida espina dorsal de escualo para admirar mi poya. No quiero decir que sea algo admirable, sobre ello cada persona saca sus conclusiones. El señor Lewis así lo hizo, y descaradamente, por cierto. No es que echase una ojeada discreta para comparar, por simple aburrimiento. NO.
Presentimiento: Es un marica desesperado. Francamente, acertado.
La erección le duró hasta que clavé la mirada en sus lupas, esforzándome por parecerme a Frodo frente a Gollum, recurriendo a lo más adolescente de mi instinto, pues a los adolescentes se les da bien eso.
La reacción fue una ráfaga de sonrisa-decepción como un disco rayado, a una velocidad de vértigo. El perro se dio cuenta de que la oca también tiene dientes. Su complicidad se perdió con la lluvia, y quedó a merced del viento de mi compasión.
Había suficiente marrón como para gritarle unas cuantas cosas y destruir el débil resplandor de la escasa autoestima que le quedaba, pero no sería justo, o divertido, así que busqué en el zurrón (por no decir mariconera) el librillo y el brillo del OCB. No llegué a encontrarlo.
Señalando a su nariz o al ano que tenía por boca, soltó un flatulento murmullo acompañado de una metralla que, en estos casos, nunca hay tiempo de esquivar:
- ¿Ves? Lo tengo aquí.
La astucia había fracasado en su misión de existir, y me di cuenta caminando hacia casa meditando sobre la pintoresca situación. Pero antes, desenlace:
- Pasa de mi, colgao.
Postsentimiento: SÍ, ERA UN MARICA DESESPERADO Y FRACASADO, PERO SOLO QUERÍA SONARSE LOS MOCOS. EL RESTO, SERÍA UNA LOTERÍA. Qué mal me porté…

Mejor pensar un poco menos en la astucia, y más en la prudencia.